Autor: Tomás Barceló
Una de las cosas que aprendí trabajando en cine es que una película solo existe gracias a una alianza inesperada entre artistas y contables.
Una película funciona como una organización enorme compuesta por dos ejércitos perfectamente coordinados. Por un lado está el ejército creativo: directores de arte, actores, fotógrafos, diseñadores, gente que decide cómo se verá una escena, qué color tendrá, cómo se interpretará un personaje o qué atmósfera tendrá una secuencia. Pero, paralelamente, existe otro ejército igual de importante: el de producción. Personas con listas, calendarios, presupuestos y carpetas que hacen posible que todo ocurra. Son quienes organizan el trabajo, coordinan equipos, priorizan tareas y garantizan que cada pieza llegue en el momento adecuado.
Antes de entrar en ese mundo creía que las obras artísticas dependían únicamente de los artistas, pero estaba completamente equivocado. Y, al menos en mi experiencia, la relación entre ambos mundos no es una guerra. Al contrario. Siempre me he sentido acompañado por la gente de producción, porque su trabajo consiste precisamente en crear las condiciones necesarias para que el trabajo creativo sea posible.
Cuando hablo de “artistas” y “contables” no me refiero únicamente a profesiones. La diferencia entre ambos grupos, creo, tiene más que ver con una forma de mirar el mundo. Tampoco creo que la diferencia esté en la creatividad. De hecho, la producción y la organización requieren muchísima creatividad. Resolver problemas constantemente también es un acto creativo.
Los artistas sienten una inclinación natural hacia la transformación. Les gusta romper algo y convertirlo en otra cosa. Los “contables”, en cambio, disfrutan poniendo orden en el caos. Y precisamente por eso ambos perfiles se complementan.
Yo, por ejemplo, necesito cierto caos para crear. Si todas las piezas con las que trabajo estuvieran perfectamente ordenadas en cajas, me costaría muchísimo imaginar nuevas combinaciones. Necesito sacar objetos, mezclarlos sobre la mesa y jugar con ellos. Solo así puedo mirar una pieza de riego y verla como la oreja de un personaje. Pero ese caos dificulta el trabajo de quien necesita clasificar y ordenar. Cuando transformas un objeto en otra cosa, deja de pertenecer claramente a una categoría. Ya no está claro si debe ir en “la caja de los aspersores” o “la caja de las orejas”. Ahí pueden aparecer tensiones, pero también la necesidad mutua.
Bárbara, mi mujer, también trabaja en cine y pertenece al mundo artístico, pero tiene una mentalidad mucho más orientada al orden y la organización. Cuando trabajamos juntos, yo propongo ideas de forma caótica y ella las organiza, las prioriza y les da dirección. Yo soy como un caballo desbocado con muchísima fuerza creativa pero que tira en cualquier direcció, mientras ella sostiene las riendas y dirige el carro hacia un objetivo concreto.
Otro ejemplo importante para mí es Bernat, responsable de Artimia. Yo fui quien sugirió inicialmente la idea, pero él es quien ha construido y dirige realmente el proyecto. Desde el principio tuve claro que no quería simplemente “alguien que gestionara” mis obras, sino una persona capaz de liderar una estructura mucho más grande que yo mismo.
En los últimos años hemos visto muchos artistas intentando ser artista y productor al mismo tiempo. Yo mismo lo he intentado. Y aunque es posible, creo que tiene un coste enorme.
La relación entre artistas y productores existe desde hace muchísimo tiempo. Un marchante, un galerista o un productor son, en cierto sentido, personas que ayudan a dirigir y sostener el trabajo artístico. El arte visual ha cambiado muchísimo, y muchas de las estructuras tradicionales desaparecieron o dejaron de funcionar. Como consecuencia, muchos artistas quedaron solos, obligados a encargarse también de organización, ventas, estrategia, comunicación y gestión. Con el tiempo, muchos artistas terminan perdidos o exhaustos.
Si eres artista, creo que es importante encontrar a alguien capaz de orientarte desde el orden, la organización o la producción. Alguien en quien puedas delegar ciertas decisiones y que ayude a sostener el proyecto a largo plazo. En mi caso, personas como Bárbara y Bernat son quienes permiten que yo pueda seguir creando.
Y si eres una persona más orientada a la organización, al emprendimiento o a construir estructuras, creo que también necesitas artistas cerca. Muchas veces veo proyectos muy bien planteados desde el negocio, pero con productos vacíos o sin una verdadera fuerza creativa detrás.
Por eso necesitamos recuperar nuevas formas de alianza en las que ambos perfiles se encuentren de nuevo.
Las películas funcionan así. Las catedrales probablemente también se construyeron así. Y sospecho que casi cualquier gran obra humana nace de esa colaboración entre quien transforma el mundo y quien consigue darle orden y dirección.
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