Burocracia contra la cultura

Bureaucracy Against Culture

Autor: Tomás Barceló

Si estás dentro de la Unión Europea, habrás visto que muchas pequeñas tiendas de artesanos y artistas han tenido que cerrar sus ventas dentro del mercado común. La de Artimia, en la que yo estoy, es una de ellas.

No quiero entrar en los detalles sobre la nueva regulación de envases. Me interesa la historia de la venta online de arte y artesanía y de cómo, en muy pocos años, hemos pasado de un mundo que se abría a uno que parece estar volviéndose cada vez más complicado.

El renacimiento de las redes

Hace poco más de diez años la combinación de redes sociales como Instagram, Pinterest y Etsy permitió que muchísimos pequeños artistas y artesanos pudiéramos empezar a vivir de nuestro trabajo de una manera que antes habría sido muy difícil imaginar.

Para un artista que trabaja en un pequeño taller, tener acceso a un mercado internacional cambia completamente las posibilidades. Era muy normal que alguien descubriera una obra en Pinterest, nos escribiera por Instagram, comprara la pieza y nosotros se la enviáramos por mensajería. Los envíos eran rápidos, relativamente sencillos y suficientemente económicos como para que muchos pudiéramos ofrecerlos gratis.

Y no fue solamente un fenómeno económico. Al poder dedicarnos más tiempo a lo que hacemos, perfeccionamos nuestras habilidades. También aumentó muchísimo la comunicación entre artistas y artesanos de todo el mundo. Se creó una riqueza cultural enorme. Creo que dentro de unos años se hablará de todo aquello como el origen de un renacimiento artístico.

La puerta empezó a cerrarse

A partir de 2022 los envíos se fueron haciendo cada vez más complejos. Había que aportar más datos, hacer descripciones más detalladas de los materiales, indicar sus orígenes, atender cuestiones fiscales... Cada pequeño cambio parecía asumible, pero se iban acumulando. Yo mismo tuve que cerrar mi tienda en Etsy porque la burocracia llegó a superar lo que podía asumir. El problema es que o hago la burocracia o estoy en el taller creando.

Después llegaron más controles, más aduanas, más aranceles y más diferencias entre países. Cuando las cosas funcionan con agilidad, una persona puede hacer una primera compra pequeña para comprobar que todo funciona, que no eres un estafador y que la pieza es realmente como parecía en internet. Si la recibe en tres o cuatro días, puede hacer una compra mayor al día siguiente. Si el proceso es complicado, si el paquete se retrasa, si al llegar aparecen nuevos impuestos o costes que el comprador no esperaba, todo se vuelve más desagradable y frustrante. Y eso afecta directamente a la relación con el cliente.

La última puntilla

La última puntilla ha sido la nueva regulación de los envases (EPR). En teoría, se trata de una medida para controlar los residuos y hacer que las empresas se responsabilicen de los envases que ponen en circulación, pero para un pequeño artista puede convertirse en una carga enorme: hay que declarar los materiales y cantidades de los envases, registrarse y, además, asumir costes y obligaciones que pueden variar de un país a otro. Y aunque la regulación sea europea, su aplicación se hace a nivel nacional, de manera que para vender en distintos países es necesario contar con un representante en cada uno de ellos. Estamos hablando de varios miles de euros solo para abrir los expedientes y tener esa representación durante el primer año. Y eso es antes de añadir las tasas y costes adicionales de cada envío. Para una gran empresa quizá sea asumible, pero para un pequeño artista que vende unas pocas piezas al extranjero es sencillamente imposible.

El resultado es bastante absurdo: podemos encontrarnos con que enviar a Estados Unidos sea engorroso pero posible, mientras que enviar a Francia o Portugal, países que están aquí al lado y forman parte del supuesto mercado común, se vuelve inviable.

¿Qué hacemos ahora?

Yo no quiero ser pesimista. Creo que la batalla concreta de esta ley la vamos a ganar. Es tan absurda y tan destructiva para pequeños negocios y para la cultura, que creo que acabará simplificándose o tendrá excepciones que permitan seguir trabajando. Pero sí veo una tendencia más general que me preocupa: cada vez más fronteras que se cierran, más barreras burocráticas, guerras arancelarias y más dificultades incluso dentro de espacios que fueron creados precisamente para facilitar el intercambio.

Tenemos la opción unirnos. Los pequeños artistas y artesanos somos gente que quiere estar en su taller haciendo cosas, no tiburones de empresa. La burocracia, la logística y la venta nos comen tiempo y energía. Quizás necesitamos crear estructuras comunes, plataformas, cooperativas o empresas que hagan juntas todo aquello que individualmente no podemos asumir. El problema es que somos muy pequeños, introvertidos y amamos nuestra independecia. Para que una estructura así pueda crecer habría que atreverse a arriesgar, unirse y trabajar juntos. Y eso no nos resulta fácil.

Quizás esa iniciativa no salga de los propios artistas. Quizás tenga que venir de alguien con una mentalidad más empresarial que vea lo que está ocurriendo y diga: aquí hay gente haciendo cosas que otras personas quieren comprar, pero tienen un problema de intermediación. Solucionemos eso.

Habíamos encontrado una maravillosa rendija que nos permitía llegar a todo el mundo y la hemos disfrutado muchísimo. A mí me gustaría que siguiera existiendo, pero puede que el mundo esté cambiando de verdad. Si las fronteras se siguen cerrando, si los costes aumentan y cada vez resulta más complicado enviar una pieza a otro país, quizá tengamos que asumir que llegar a personas repartidas por todo el mundo ya no será posible.

Pero si esa rendija se cierra, tampoco será el fin de todo. En lugar de dialogar con personas aisladas en cada rincón del planeta, tendremos que intentar hacer cosas que tengan encanto y valor para nuestra propia comunidad, recuperar relaciones más cercanas y construir una cultura que vuelva a crecer desde lo local. Durante miles de años hemos trabajado así: haciendo cosas para la gente que teníamos alrededor, formando comunidades y creando cultura desde lo cercano. Es un cambio importante, y probablemente nos costará. Pero tampoco sería algo completamente nuevo.

Así que, por ahora, yo sigo siendo optimista.