Autor: Damià Ramis Caubet (escuche nuestro podcast on él)
El arte es un camino de ida y vuelta sin otra meta que el caminar. Es un trayecto en el que dejamos la huella profunda del vivir acarreando sentimientos, recuerdos y quimeras que van tomando forma y color, para transformarse en testigos de un instante que ha merecido ser eterno.
Más allá de cualquier proceso evolutivo, crear escultura es sentarse alrededor del fuego, junto al hombre cavernario, y mezclar tierra, grasa y pigmentos, para convertir la argamasa en un ídolo. Todo lo demás es accesorio. El escultor –yo mismo- no es sino la secuela evolucionada de aquel que hace más de veinte mil años talló en la piedra caliza las turgencias de la Venus de Willendorf, para tener entre sus manos y ante sus ojos la representación física de un símbolo; para poner al alcance de otros la imagen de un objeto en cuyo interior palpita la vida, con los latidos de la materia hecha cuerpo y alma.
La escultura, tal como yo la vivo, es una forma de ser. Es el baile del más antiguo de los hombres y de sus símbolos alrededor del fuego de la vida.
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