Autor: Tomás Barceló
En tiempos antiguos, cuando las tribus vivían en cuevas, había un clan que vivía cerca de una colina, donde cada noche los hombres, mujeres y niños se reunían alrededor de una gran fogata para compartir su comida en completo silencio. El crepitar de las llamas y el suave canto del viento eran las únicas voces que acompañaban la cena.
Entre ellos vivía una niña llamada Kala, pequeña y curiosa, siempre con los ojos abiertos a las maravillas que la rodeaban. Una tarde, mientras caminaba cerca del río, vio algo que la llenó de asombro: una flor azul, pequeña y delicada, que crecía solitaria entre las piedras. Jamás había visto una cosa tan hermosa, y su corazón quedó prendado de ella.
Esa noche, mientras la tribu cenaba en silencio, Kala no podía quitarse la flor de la cabeza. Miraba las caras serias de los suyos, concentrados en sus alimentos, pero la flor seguía llamando a su corazón. Así que, a pesar del silencio reverente, Kala habló:
“Hoy vi una flor azul… ¡era tan bonita!”, dijo, en un susurro apenas audible.
Solo unos pocos la escucharon, pero nadie levantó la vista. Los jóvenes no le prestaron atención, y los ancianos, curtidos por los años, continuaron masticando sin inmutarse. Para ellos, una flor no era más que una flor.
Kala sintió que su entusiasmo se apagaba por un momento, pero habló de nuevo, esta vez con más empeño:
“Esa flor”, dijo, tomando un puñado de granos, “era del tamaño de uno de estos granos. ¡Y su color! Era como el jugo dulce de los arándanos que recogemos cuando el verano es generoso.”
Un par de niños alzaron la cabeza, intrigados por la comparación con los arándanos, aquellos que todos esperaban con ansias durante la temporada. Kala notó las miradas y se animó a seguir.
“Y sus pétalos…,” continuó en voz baja, “eran como las capas finas de masa que amasamos para las tortillas. Tan delgados, tan suaves. Pero cuando el sol los tocaba, brillaban como el aceite que cae sobre la carne, llenos de vida. Tan ligeros, que el viento los movía como mueve las llamas de esta fogata.”
Los cazadores, que hasta entonces no le habían prestado atención, comenzaron a escuchar. Porque, claro, la comida es un tema serio. Si la flor tenía algo que ver con carne, tortillas o aceite, tal vez valiera la pena escucharla.
Kala tomó un respiro y su mente volvió al momento en que había descubierto la flor, como si estuviera viéndola una vez más.
“Cuando el viento pasaba entre sus hojas”, dijo, “emitía un aroma suave, como el pan recién hecho. Pero su fragancia no era fuerte, no. Era sutil, como el primer sorbo de miel cuando lo dejamos derretirse en la boca.” Kala moduló su voz, primero suave y delicada, y luego cálida y profunda. Mientras hablaba, sus manos se movían con gracia, imitando el vaivén de los pétalos en el viento, y su cuerpo seguía el ritmo, como si ella misma fuera la flor en danza. Más miembros de la tribu estaban atentos ahora. Incluso los ancianos escuchaban.
Kala levantó una de las bayas que comían esa noche y dijo:
“Era como esta baya, pero en lugar de rojo, su color era un azul profundo, como las nubes al final de una tormenta. Y en su centro, una gota de miel espesa, del color del sol al caer tras las montañas.” Sus brazos dibujaban en el aire la forma de los pétalos, y al moverlos suavemente, los ojos de la tribu seguían sus gestos, hipnotizados.
El aire a su alrededor parecía haberse vuelto más liviano. Algunos de los niños sonreían, los cazadores observaban con interés, y hasta los ancianos asentían en silencio, maravillados.
Cuando Kala terminó de hablar, el silencio regresó y la tribu continuó comiendo, pero no era el mismo silencio de antes. La flor azul y la voz de Kala parecían flotar entre ellos.
A la mañana siguiente, cuando el sol apenas asomaba en el horizonte, Kala salió temprano hacia el río. Mientras caminaba por el sendero donde había visto la flor azul, algo la hizo detenerse.
Desde la distancia, vio que algunos miembros de su tribu rondaban cerca de donde crecía la flor. Entre ellos estaban algunos de los más rudos del grupo, hombres de pocas palabras, siempre serios y dedicados al trabajo y la caza. Uno de ellos, fingiendo afilar su lanza, miraba de reojo el lugar donde la flor estaba. Otro recogía piedras, pero sus ojos volvían una y otra vez hacia el mismo rincón.
No dijeron nada. No se acercaron a la flor. Pero estaban allí. Cuando notaron la presencia de Kala, se alejaron, cada uno inventando una excusa diferente.
Kala los observó desde la distancia, y sonrió.
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