Autor: Tomás Barceló
En la vida creativa, el fracaso es parte del camino. A menudo lo vivimos con dolor, decepción o vergüenza, pero, si lo miramos con atención, descubrimos que es una herramienta poderosísima. No es agradable, pero es fértil. Lo aprendí en carne propia: desde las exposiciones a las que viene muy poca gente, hasta aquellos años —tantos— en los que nadie mostraba el menor interés por mi obra. Todo eso, que entonces dolía, hoy puedo verlo como parte esencial de mi formación.
El fracaso obliga a pensar. Cuando algo no funciona, cuando una obra no conecta o cuando un proyecto no llega a su público, se abre la oportunidad de preguntarnos por qué. El fracaso introduce una pausa que fuerza a analizar objetivos, métodos y decisiones. Nos obliga a mirar con más profundidad lo que hacemos y cómo lo hacemos. Mis veinte años de fracasos—tirando esculturas a la basura para hacer espacio a nuevas que tampoco interesaban— fueron, sin saberlo, mi verdadero periodo de formación. Allí aprendí más sobre el volumen, la forma y la paciencia que en cualquier momento de éxito posterior.
El fracaso afina los objetivos. Muchos creadores se sienten fracasados sin saber exactamente en qué han fracasado. Esto ocurre porque los objetivos no estaban bien definidos. El fracaso, al doler, señala justo aquello que en realidad nos importaba. Pone luz en los deseos ocultos, en las expectativas no reconocidas, en las dimensiones de la obra que dábamos por implícitas. A veces uno crea pensando que “le da igual” si al público le gusta o no… hasta que descubre, al frustrarse, que sí le importaba. Gracias a esa incomodidad, podemos ajustar nuestro rumbo y entender con más precisión qué queremos lograr.
El éxito confirma; el fracaso enseña. Cuando todo sale bien, es difícil aprender algo nuevo: la validación nos adormece. En cambio, cuando algo no funciona, se activa un mecanismo de revisión, de búsqueda, de reaprendizaje.
En los procesos largos —como la escritura, la música o la escultura— la disciplina importa más que la inspiración. Y el fracaso es el maestro de la disciplina. Superar una caída, volver a empezar, insistir con un poco más de humildad y un poco más de precisión, moldea el carácter creativo. A la larga, desarrolla una relación más realista con el propio trabajo: una que no depende exclusivamente del resultado inmediato.
El fracaso abre caminos inesperados. Cuando una idea no funciona, nos obliga a explorar otras. Muchas de las soluciones más originales nacen del descarte. A veces, el camino previsto se cierra justamente para empujarnos hacia algo que no habríamos imaginado.
La fragilidad es algo común en el mundo del arte. Compartir los tropiezos, aceptarlos, hablar de ellos, nos acerca a otros creadores que están viviendo cosas similares. Ni los malos momentos duran para siempre, ni los buenos garantizan estabilidad eterna. Tanto el tropiezo como el acierto son temporales.
Y ahí reside su utilidad más profunda: si lo aceptamos sin miedo, el fracaso no detiene; indica por dónde continuar.
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