Autor: Tomás Barceló
En los últimos años, los artistas hemos hablado mucho de técnica, de lenguaje y de recursos expresivos. Pero antes de todo eso hay una pregunta más simple y más difícil: ¿qué queremos contar?
Lo que una obra quiere decir rara vez puede explicarse con palabras. Si pudiera hacerse con un texto o con un discurso, probablemente no haría falta la obra. Por eso nunca explico mis esculturas. Lo que tengo que contar está ahí dentro, en la pieza. Sin embargo sí podemos hablar de dónde nace ese contenido.
Como algunos sabéis, hace unos meses murió mi padre. Los últimos años de su vida estuvieron marcados por el Parkinson y tuve la suerte de poder acompañarlo mucho tiempo. Siempre me he considerado una persona bastante fuerte y racional, alguien que suele ordenar bien lo que siente y lo que piensa. Estoy de duelo, como es natural, y lo llevo bien, aunque es curioso cómo aparecen las emociones.
Hace poco fui a la carnicería a comprar pechuga de pollo para empanar, y en ese gesto absolutamente trivial, pidiendo pollo en el mostrador, se me desmoronaron de golpe todos los contrafuertes que había construido contra mi pena. No era el pollo, claro, era todo lo demás. Y las emociones siempre encuentran grietas inesperadas. El pollo empanado era un plato que mi padre solía preparar cuando venían mis sobrinos a comer.
Creo que los artistas tenemos que estar muy atentos precisamente a esas grietas. No a las grandes abstracciones, o a las teorías generales sobre la vida, que pertenecen a otras disciplinas, sino a los pequeños detalles que nos emocionan y nos fascinan.
Hay una escena maravillosa en The Fabelmans, la película autobiográfica de Spielberg. Mientras toda la familia está pendiente de la muerte de la abuela, el joven Spielberg se fija en el pulso que late en la arteria de su cuello. Para él, la vida está concentrada en ese pequeño latido. No es que sea menos sensible al dolor que los demás. Es que su mirada de artista se fija en ese detalle.
La pieza más conocida de mi trayectoria, los Calix de cerámica azul, nació casi como un juego formal. Pero mientras trabajaba en ella recordé que mi abuela francesa tenía una vajilla de cerámica azul con escenas napoleónicas. Cuando de niño terminaba el postre siempre miraba el fondo del plato para descubrir qué escena había aparecido. Cuando hice el primer Calix azul pensé que aquello era demasiado personal, casi una broma privada que nadie entendería. Sin embargo fue una de las piezas que más conectó con la gente. Personas de todo el mundo me escribían diciendo que esa cerámica azul les recordaba a su abuela, a su infancia o a su casa.
Lo profundamente personal a veces es también profundamente universal. Quizá porque esas grietas emocionales no son sólo nuestras. Son lugares simbólicos donde muchas experiencias humanas se parecen.
La técnica y el lenguaje son importantes. Son las herramientas con las que construimos la obra. Pero no podemos olvidar que necesitamos volver a mirar el mundo con ojos inocentes y estar atentos a esas pequeñas cosas que nos fascinan y nos emocionan.
Ahí empieza el arte.
1 comentario
Qué simple es sentir y las personas nos permitimos poco ese espacio.