Autor: Tomás Barceló
Cuando hablo de arte, casi siempre me refiero al arte popular. Me interesa mucho más la relación individual entre una persona y una obra concreta que las dinámicas abstractas entre instituciones, mercados o discursos teóricos. Lo que hagan los grandes museos o las entidades culturales me importa poco si la gente no participa de ello.
Aunque muchas veces describo la situación actual del arte como complicada o incluso oscura, no soy pesimista. Creo que las cosas van a ir bien, aunque necesitamos descubrir cómo conseguirlo.
Mientras la pintura y la escultura han ido perdiendo presencia en las casas desde los años noventa, otro tipo de arte visual ha crecido de forma masiva: el tatuaje. Las paredes se han ido vaciando, pero los cuerpos se han ido llenando. Y los tatuadores, al final, son dibujantes. Trabajan con imágenes, con símbolos, con composición. Es arte visual, sin duda.
En los años ochenta, el tatuaje estaba lejos de ser una forma de expresión común. Apenas tenía presencia visible y, cuando aparecía, lo hacía ligado a contextos muy concretos: ambientes portuarios, cárceles o subculturas bastante cerradas. No formaba parte del paisaje cotidiano ni de la vida social general, y para muchas personas era incluso un signo de desconfianza o de marginalidad. ¿Qué ocurrió para que una práctica marginal en los años ochenta se transformara en una forma de expresión tan extendida hoy?
No parece que haya sido gracias a grandes impulsos institucionales ni a estrategias culturales organizadas desde arriba. Más bien al contrario. El crecimiento del tatuaje parece haberse dado a partir de pequeñas iniciativas personales, estudios independientes, relaciones directas. Además, durante un tiempo funcionó de una manera sorprendentemente gremial. Antes de internet, aprender a tatuar implicaba encontrar a alguien que ya supiera hacerlo. Es curioso que algo tan rompedor haya tenido una estructura tan antigua.
Si miramos con un poco de perspectiva, el cambio coincide con una transformación social más amplia. Desde los años cuarenta hasta los ochenta, el núcleo de la vida social era la familia, representada en el hogar. A partir de los noventa, esa idea empieza a cambiar. El individuo gana protagonismo. Las relaciones se vuelven más flexibles, más abiertas, menos estructuradas alrededor de una unidad familiar estable. Las casas se han vuelto más funcionales, más privadas, más orientadas al descanso o al consumo de contenido. En algunos casos, casi estaciones de paso.
Y en ese contexto, tiene sentido que el lugar donde se proyecta la identidad simbólica también cambie. Del hogar al cuerpo. En paralelo al crecimiento del tatuaje, han crecido otras formas de expresión individual: la ropa, el maquillaje, el cuidado personal. Todo aquello que convierte el cuerpo en un espacio de expresión.
Mientras tanto, el “arte de paredes” trató de reaccionar, y la respuesta más habitual fue intentar hacer un arte menos conflictivo, menos exigente, más decorativo. En cierto sentido, intentaba no molestar. Pero en el fenómeno del tatuaje ocurre lo contrario. En la mayoría de los casos, lo que se tatúa tiene un significado personal fuerte. El tatuaje es comprometido, caro, duele y es permanente. No se puede revender. No se puede delegar ni consumir a distancia. El tatuaje requiere contacto directo con el artista, que te va a tocar, te va a hacer sangrar y te va a curar.
Pero algo parece estar cambiando de nuevo en la sociedad. Hablando con gente joven, percibo un deseo bastante fuerte de construir un hogar y formar una familia en un sentido más pleno. Es un tipo de aspiración que no recuerdo haber visto con esa claridad en generaciones anteriores. Un deseo que convive, paradójicamente, con la terrible dificultad creciente para acceder a una vivienda. Ese deseo está ahí, aunque esté bloqueado.
Cuando esta situación se desbloquee, sea como sea, es probable que ese impulso dé lugar de nuevo a espacios donde la identidad se construya más allá del individuo. En ese punto, surge una pregunta inevitable: ¿qué papel jugarán las artes visuales?
Quizá no se trate simplemente de volver a colgar cuadros en las paredes como se hacía antes. Quizá haya que pensar esas obras de otra manera, como elementos que marcan momentos, que simbolizan decisiones, recuerdos o aspiraciones. Un arte que vuelva a decirnos quiénes somos y quiénes queremos ser.
Tal vez se trate de aprender a “tatuar” los hogares.
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