Autor: Tomás Barceló
No todos los vínculos entre arte y política son desaconsejables. El arte puede tener contenido político, y un creador puede usar su obra para proponer una visión del mundo, denunciar injusticias o proponer alternativas. A los artistas nos mueven impulsos muy distintos: el estético, cuando buscamos iluminar la belleza; el social, cuando señalamos dolores o desequilibrios; el religioso, cuando intentamos expresar una fe o una visión trascendente; y también el político, cuando deseamos proponer una determinada organización de la sociedad.
Otros artistas pueden aprovechar su relevancia pública, alcanzada gracias a obras sin contenido político, para opinar sobre asuntos sociales. Es decir, puede haber construido su prestigio hablando de belleza, de drama humano o de cualquier otra cosa, y utilizar después esa visibilidad para expresar sus ideas políticas. Todo eso es legítimo mientras sea sincero.
Pero en los últimos años se ha ido ensanchando la grieta entre los artistas y la sociedad: cada vez dialogamos menos con las personas concretas y más con estructuras abstractas. El público está dejando de sentirse interpelado, y nosotros hemos dejado de intentar comprenderlo. Se ha debilitado el arte popular, hasta casi desaparecer, y muchos creadores han dejado de mirar a los lados y han empezado a mirar hacia arriba. La tentación de buscar amparo exclusivamente en la institución crece. El diálogo ya no es con la sociedad viva y diversa, sino con el poder que la administra y sus representantes.
En la historia siempre han existido “pintores del rey”. Artistas que trabajaban para la corte o el gobernante de turno. Algunos fueron extraordinarios, con obras que superaron con creces el contexto político que los sostuvo; otros, en cambio, fueron meros ejecutores de encargos sin verdadera altura artística, mediocres o directamente nefastos. Del mismo modo, ha habido reyes cultos, con auténtica pasión por el arte y el deseo sincero de enriquecer culturalmente a sus súbditos, y otros que solo buscaron en los artistas una herramienta eficaz para la más vulgar de las propagandas. Nada de esto es nuevo.
Lo nuevo es la aspiración colectiva a ocupar el puesto de “pintor del rey”. Es cierto que el crecimiento del aparato institucional ha multiplicado convocatorias, subvenciones y programas culturales. Hoy existen más espacios para “pintores del rey” que en el pasado, pero aun así, no cabemos todos. No podemos ser todos los pintores del rey. Ni tampoco eso sería deseable.
Incluso aunque hubiera recursos abundantes, el poder solo necesita a quienes tengan influencia real. Y si el colectivo artístico se vuelve irrelevante socialmente, si ya no dialoga con la gente ni participa en su imaginario cotidiano, pierde ese valor instrumental. Ni siquiera la estrategia de alinearse con la institución garantiza estabilidad, porque se está erosionado aquello que hacía valiosa esa alianza: la capacidad de llegar a la sociedad.
En un momento de descrédito político generalizado, vincular la supervivencia cultural exclusivamente al poder institucional alimenta la caricatura del artista como dependiente o parasitario. Puede ser injusto, pero una parte creciente de la sociedad empieza a percibirnos como un colectivo próximo al poder, que vive de los impuestos y que habla en un idioma propio que no dice nada realmente interesante. Reforzar esa imagen es ofrecer argumentos a nuestra peor caricatura. Y desde esa caricatura es imposible reconstruir el diálogo.
El principal desafío del arte contemporáneo no es solo económico. Es la desconexión. Cada subvención que no exige un verdadero diálogo con el público puede aliviar una urgencia inmediata, pero agrava el problema fundamental. Es pan para hoy y hambre para mañana. No se trata de rechazar toda relación con las instituciones. Habrá proyectos legítimos, necesarios y valiosos. Pero pretender que todos podamos vivir como artistas oficiales es una ilusión peligrosa, y falsa.
Si no recuperamos un arte popular en el mejor sentido del término —directo, cercano, capaz de dialogar con la gente concreta que nos rodea—, la estructura entera terminará por vaciarse. Si esa base desaparece, si el vínculo vivo se rompe del todo, no quedará ni siquiera la corte cultural que hoy parece sostenerlo todo. A la larga, hasta los pintores del rey desaparecerán.
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