Autor: Tomás Barceló
Uno de los indicios más claros de que el mundo del arte tal como lo conocíamos ha terminado es la normalización de una práctica que, hasta hace no tanto, resultaba impensable: pagar por exponer.
Nunca he sido un artista especialmente integrado en el sistema de galerías. Siempre me he movido mejor en los márgenes, y aun así, en los años noventa y primeros dos mil realicé algunas exposiciones en galerías convencionales. Funcionaron bien en público y en crítica, mal en ventas, pero en ningún caso se le ocurrió a nadie pedirme dinero por exponer. Antes de 2008 esa idea era sencillamente absurda.
La primera vez que me pidieron pagar por exponer fue justo después de la crisis de 2008. En aquel momento cerraron algunas galerías, muchos artistas dejaron de vivir de su trabajo y el sistema cultural entró en una crisis profunda. En ese contexto surgieron propuestas alternativas impulsadas por gestores culturales independientes, muchas veces en paro, con una intención genuina de reinventar el sector, o de vadear la crisis hasta que amainara. Se hablaba de nuevos formatos, de dinamización cultural y de dar visibilidad a los artistas. Sin embargo, al concretarse, muchas de esas propuestas acabaron reducidas a exposiciones en bares o locales con paredes disponibles. La sorpresa final llegó con la letra pequeña: cuotas mensuales que los artistas debían pagar en concepto de gestión para acceder a esas exposiciones.
Antes de la crisis, el modelo era claro. El galerista, marchante o gestor cultural apostaba por artistas en los que veía valor y proponía un negocio compartido. El artista producía obra, la galería ponía su red de clientes y su capacidad de mediación, y los beneficios se repartían. Los porcentajes podían ser grandes, pero tenían sentido si la galería cumplía su función: generar contexto, construir discurso, redes de contactos y vender.
El problema aparece cuando la venta deja de ser el centro del sistema. Cuando no hay suficientes compradores, el sector desplazó su mirada hacia quien produce, y el artista pasa a ser visto como una posible fuente directa de ingresos. En un contexto donde hay más personas que desean ser artistas que coleccionistas interesados en comprar obra, esta inversión del modelo se vuelve tentadora. Se ofrecen exposiciones, visibilidad y presencia a cambio de dinero, y eso cambia por completo las reglas del juego. El artista dejó de ser el proveedor para convertirse en el cliente.
A menudo, este nuevo modelo se disfraza con porcentajes de venta aparentemente favorables y mucho más bajos que antes. Suena bien, pero es engañoso. Si el negocio ya no depende de vender obras sino de captar artistas que paguen por estar, los incentivos reales para vender disminuyen. El éxito deja de medirse en ventas y pasa a medirse en número de participantes.
En su forma más extrema, esto se traduce en grandes eventos colectivos sin criterio artístico, donde todo el mundo es bienvenido mientras pague su cuota. Son exposiciones que funcionan como fiestas: mucha gente, conciertos, cócteles, bar, entrada de pago. El espacio expositivo se entiende más un negocio inmobiliario o de ocio que a un evento cultural. Hay público, hay movimiento, pero no necesariamente hay interés real por las obras ni, mucho menos, ventas.
Esto no significa que pagar por participar sea siempre negativo. Puede tener sentido si se sabe exactamente a qué se va. Hay quien busca inflar su currículum con exposiciones en ciudades como Nueva York o Londres, aunque en la práctica se trate de un espacio alquilado durante unas semanas. Para quien entiende el juego, no hay engaño, pero tampoco conviene creer que eso tiene el mismo valor que una selección curatorial real.
También existen propuestas honestas, tanto presenciales como digitales, que ofrecen plataformas con criterio, público real y estímulo cultural. La clave suele ser simple: si aceptarían ir como espectadores, quizá tenga sentido participar como creadores. Si, en cambio, la propuesta no interesa ni como público, pagar por estar ahí difícilmente tendrá recorrido.
Pagar por ciertos servicios, en cambio, puede ser razonable. Gestión de ventas, logística, exportaciones, promoción real y contrastable. En esos casos, el pago responde a un trabajo concreto. La diferencia fundamental es esta: si pagas, eres el cliente. Y eso no es malo en sí mismo, siempre que esté claro. El problema aparece cuando se confunden los roles y se vende como reconocimiento artístico lo que en realidad es un servicio comercial.
Personalmente, prefiero los modelos a comisión, donde el gestor gana si la obra se vende. Ahí el artista vuelve a ser proveedor y el éxito depende de que el sistema funcione para ambos.
El mundo del arte que nació a finales del siglo XIX y que, con crisis y ajustes, sobrevivió hasta 2008, ya no está vivo. Ahora toca explorar nuevos caminos. Nuevas formas de creación, de difusión, de exposición y de relación con la sociedad. Pero para hacerlo con honestidad, conviene mirar de frente los cambios, entenderlos y no llamarlos por nombres que ya no les corresponden.
0 comentarios