Autor: Tomás Barceló
Hay artistas a quienes les irrita profundamente que mencione la necesidad de conectar con el público. Esa reacción, creo, revela un dolor y, por tanto, un posible aprendizaje.
Los comentarios que recibo suelen dividirse en tres grupos, a veces mezclados entre sí. Uno dirige la mirada hacia el público; otro se centra en el propio artista; y el tercero pone el foco en la naturaleza del arte mismo.
1. “El público no sabe nada”
Es la postura más visceral y resentida. Se acusa al público de ser ignorante, inculto, incapaz de comprender. Entiendo la reacción porque yo mismo la he sentido. Es un rencor que nace de un intento de conexión fallido.
Cuando ofreces algo de ti y recibes indiferencia, duele, y para protegernos tenemos dos caminos: culparnos a nosotros mismos o culpar al público. La primera nos dice “no lo he conseguido”, y duele porque nos obliga a mirar nuestras limitaciones y aceptar que no hemos encontrado aún la forma de llegar a los demás. La segunda afirma que “el público es idiota”, y funciona como un analgésico emocional: protege el orgullo y nos permite seguir adelante sin cuestionarnos… pero solo en apariencia, porque el malestar permanece.
Ninguna de las dos respuestas resuelve lo esencial: la frustración de un vínculo que deseábamos y no salió adelante. La primera opción, al menos, nos deja margen para volver a intentarlo, aunque implique revisar algo de nuestro enfoque; la segunda, en cambio, nos estanca, porque depende de un cambio que deben hacer otros, no nosotros.
2. “Yo hago arte para mí, no para los demás”
Esta postura puede ser auténtica o puede ser otra forma de refugio. Hay artistas que realmente crean hacia dentro: viven su arte como una experiencia íntima, terapéutica, y lo hacen con una paz absoluta. La señal de que este es el caso es precisamente esa paz: no sienten frustración si nadie reconoce lo que hacen, porque no lo necesitan. Es lo que me pasa a mí con la música, por ejemplo.
El arte ‘para dentro’ busca ordenar la propia vida interior, mientras que el arte ‘para fuera’ nace del deseo de ofrecer algo a los demás. Si la falta de reconocimiento produce rencor o tristeza, probablemente estemos ante un deseo de conexión frustrado. Ese dolor es la prueba de que quizás no sea un arte tan “para dentro” como se afirma.
3. “El arte que triunfa es puro marketing”
Aquí surge otra forma de resentimiento: la idea de que quienes logran conectar con el público lo hacen porque han traicionado el arte y lo han convertido en mercancía. Es verdad que uno puede intentar fabricar arte como un producto más, pero eso casi nunca funciona. No es la publicidad la que crea un vínculo duradero con el público, sino la experiencia de algo que perciban como auténtico y valioso.
Para mí, la escultura no es un empleo, sino una vocación de entrega amorosa a la que quiero consagrar mi vida, casi como un matrimonio o un pequeño sacerdocio. Esa dedicación no tiene que ver con vender, sino con intentar ofrecer un poco de belleza en un mundo acosado por la desesperanza. Y dentro de esa vocación, el público no es un comprador al que haya que agradar: es la gente a la que va dirigida esa forma de amor.
Por eso, cuando hablo de “conectar con el público”, no me refiero a aplicar técnicas ni estrategias de marketing. Me refiero a que la obra necesita encontrar a alguien. Y cuando eso ocurre, no suele deberse a trucos, sino a que, por alguna razón, lo que hacemos encaja con algo que otros necesitan, incluso si no lo saben expresar. Por eso no se trata de obedecer al público ni de adaptarse a sus gustos. Se trata de escuchar qué hueco simbólico está vacío en sus vidas y ofrecer, desde lo más profundo de nuestra autenticidad, algo que pueda iluminarlo.
Si haces arte “para fuera”, si tu intención es participar en esa conversación simbólica, entonces te importa el público. Forma parte de tu responsabilidad. Te afecta, te duele y te alegra.
La conversación simbólica nació hace decenas de miles de años, cuando una tribu se reunía al anochecer alrededor del fuego y uno de ellos pedía silencio. Ese gesto —levantarse ante los demás y reclamar su atención— es el origen de lo que hoy llamamos arte. Por eso, cuando hablo de conectar con el público, pienso en esa escena. Al fin y al cabo, el arte sigue siendo eso: levantarse junto al fuego y decir: “Escuchadme un momento: tengo algo que contaros.”
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