Un dios terrible

A Terrible God

Autor: Tomás Barceló

Si hemos matado a Dios, no cometamos la ingenuidad de creer que el cielo ha quedado desocupado. El hombre puede derribar un ídolo, pero no soporta un trono vacío. ¿Quién ocupa ahora ese asiento?

Un dios se reconoce no por los templos que levanta, sino por los sacrificios que exige. Siempre ofrecemos algo precioso a cambio de algo que creemos aún más precioso. Allí donde vemos una renuncia constante y organizada, allí hay un altar. Y donde hay un altar, hay divinidad, aunque no sepamos pronunciar su nombre.

Durante un tiempo se dijo que ese nuevo dios era el dinero, y es posible que así fuera. A finales del siglo XX sacrificamos años, hogares, vocaciones y raíces, y lo hicimos convencidos de que el sacrificio tenía sentido, porque el dios respondía con prosperidad económica, ascenso social y bienestar. El altar funcionó mientras la promesa de prosperidad pareció creíble. Pero algo se quebró al comenzar el siglo XXI y la promesa se evaporó. Y a ese dios también lo matamos, y el trono volvió a quedar vacío.

Hoy hemos aceptado ser más pobres sin grandes protestas. Hemos entregado también la esperanza. Nos sentimos profundamente insatisfechos con el mundo en que vivimos, pero al mismo tiempo somos incapaces de imaginar uno mejor. Y, con una docilidad que habría sorprendido a generaciones anteriores, hemos consentido también restricciones crecientes a nuestra libertad. ¿A qué extraño dios le estamos ofreciendo en sacrificio nuestra riqueza, esperanza y libertad?

Es un nuevo dios viscoso, borroso y difícil de nombrar que solo ofrece la fantasía venenosa de que “tú no tienes la culpa”. Su liturgia es sencilla: bajar los brazos, dejarse ganar por el desaliento y murmurar entre dientes que los demás son mala gente. Porque este dios borroso y terrible no carga sobre sí la culpa que promete quitarnos, sino que consigue que nos la arrojemos entre nosotros. Y aunque sospechamos que miente, aceptamos el trato.

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