Autor: Tomás Barceló
El problema más grave que vive hoy el mundo del arte es la pérdida de diálogo natural entre los artistas y la sociedad. En las artes visuales, la ruptura es casi total. La figura del pintor o escultor ha dejado de participar en la conversación pública y hemos pasado de ser irrelevantes.
El proceso fue lento, pero devastador. Primero, desde ciertos ámbitos culturales se empezó a cuestionar el arte popular, calificándolo de paleto, vulgar o chavacano. Se instaló la idea de que había que “elevar” el gusto del público. Después, las programaciones de instituciones públicas comenzaron a sustituir aquel ecosistema orgánico por propuestas más sofisticadas, conceptuales o experimentales. Como además podían sostenerse mediante subvenciones, no dependían del interés real de la gente para sobrevivir. El resultado fue doble: muchos dejaron de consumir lo popular porque se les convenció de que era inferior, pero tampoco se sintieron interpelados por lo institucional. Y poco a poco, desistieron de ambos. Ese patrón se ha repetido en muchos ámbitos culturales.
Y en ese proceso los artistas no somos víctimas inocentes, nos dejamos seducir por las pompas de la corte y la promesa del dinero fácil. Aceptamos suavizar la verdad de nuestro arte para no incomodar a quien decide quién expone y quién no. Poco a poco dejamos de producir obras de calidad que dialogaran con la gente, dejamos de buscar la complicidad de los de al lado a cambio de favores de los de arriba.
Los artistas necesitamos volver a dirigir nuestra mirada hacia las personas concretas. Hacia quienes nunca han comprado arte, no pisan los museos y sienten que la cultura no está hecha para ellos. Eso implica asumir riesgos: el económico, el de la indiferencia, el de la crítica directa y el del fracaso humillante. Puede ser aterrador, pero es el único terreno donde puede reconstruirse una relación auténtica.
Pero esta desconexión no es responsabilidad exclusiva de un lado. La sociedad, por su parte, también debe enviar señales, interesarse y participar activamente. Alabar o criticar con honestidad en lugar de despreciar desde la distancia.
La falta de diálogo entre cultura y sociedad empobrece a los dos lados. Cuando los artistas dejan de señalar la belleza, la realidad se vuelve más gris. Nos sentimos solos y aislados, porque no hay nuevas leyendas y símbolos que nos reúnan en torno a la hoguera. Y crece también la desesperanza: porque nadie se atreve a imaginar en voz alta un futuro mejor.
A veces me siento como si estuviera dando manotazos de ahogado en medio de un desierto. Lanzo obras, palabras, propuestas, esperando alguna señal de vida al otro lado. Si algo de lo que hacemos te llega, aunque sea poco, aunque sea con dudas, responde. Ese gesto, por pequeño que sea, puede ser el primer hilo con el que volver a tejer el puente que hemos dejado deteriorarse.
1 comentario
Justamente hoy preparando una exposición para setiembre y hablando con la persona de la producción del espacio donde realizaré la misma le decía que de pronto no quería que mis esculturas solo fuesen contemplativas. Quería establecer un diálogo con él espectador. Un puente donde este se lleve lo que expreso en mis obras. Y la idea le pareció fascinante. Tomás el arte nos da alas y los artistas somos esa materia que conecta. Tu arte es bellísimo y tus cuentos y tu mundo mental/espiritual me parece hermoso.